¿Estamos sirviendo como se requiere?

¿Qué es lo primero que viene a tu mente cuando piensas en la palabra servicio? Quizá estás asociando el término con atención, asistencia, prestación y muchas cosas parecidas, lo más probable que en muchos casos pensamos en todo eso como beneficios que los demás nos han de brindar; pocas veces lo asociamos como algo que nosotros terminaremos haciendo, hablando en primera persona del singular.   Cada cual  decide como concibe el significado de esta palabra, bien puedo asimilarlo como algo que tengo que dar,algo que tengo para dar; puedes elegir cual se acomoda mejor a tu percepción y esa podría ser tu definición,  acertada o no,  hay que puntualizar que el servicio siempre viene bien al que lo recibe y al que lo ofrece.

No es raro que a la mayoría nos guste recibir un buen servicio cuando vamos a un restaurante o a reparar el vehículo por ejemplo, por lo regular deseamos que sean cubiertas nuestras  expectativas en aspectos como: el tiempo de entrega, la calidad, precio, calidez en el trato y otros factores que dejan en nosotros satisfacción, pues nadie quiere recibir un trabajo a medias o deficiente.  Es por eso que muchas marcas se han posicionado en el mercado como las preferidas, tomando remarcada ventaja sobre sus competidores, a tal grado que con solo escuchar su nombre o ver su logotipo les asociamos con satisfacción, confianza, garantía y muchas cosas más que las vuelven deseables sin dudarlo.

¿Puedes imaginar ahora lo importante que resulta un servicio justo cuando más lo necesitamos? Citemos algunos ejemplos: Agua potable para nuestra vivienda en el verano, energía eléctrica tras el paso de un huracán, la llegada de una ambulancia justo cuando tu hijo está convulsionando, rescatistas en un edificio que ha colapsado por terremoto, la intervención de un cirujano cuando tu esposo tuvo un accidente  al conducir, agilizar un trámite de transporte funerario en medio del dolor, y muchos otros que pudiéramos requerir.   Pensemos ¿cómo actuaríamos? ante una necesidad de esta magnitud, si las personas que deberían prestar su ayuda actúan negligentes, con falta de ética, tardanza, poco profesionalismo, o simplemente no nos brindan el servicio.  No juzgo a nadie si actúa indignado y quizá desesperado pidiendo a gritos la atención.

Un famoso autor relata una sorprendente historia de un rey con un código genético fuera de lo común, un estilo de monarquía que marcó la pauta en sus súbditos; asombraba a cualquiera pues siempre tenía tiempo y espacio para atender las necesidades o consultas de quién lo abordará, buscaba bienestar en común y pronunciaba sus mejores discursos públicamente, no importando si esto significara sacrificar sus horas de sueño; aspectos tan básicos no escapaban de su día a día, tales como asegurarse de que todos hubieran comido o que  las circunstancias climáticas no pusieran en riesgo la vida de los demás, de hecho asombraba su carisma con los niños.  En cierta ocasión hizo algo fuera de serie, una reunión con su gabinete justo un día antes de concluir su periodo en ese lugar, posteriormente una cena y tras concluir tomó el rol de cualquier sirviente de la casa: comenzó a lavar los pies de sus colaboradores, indicándoles que sirviendo unos a otros es la  forma de mostrar públicamente la humildad que hay en el interior.

Probablemente la narración de San Juan en su capítulo 13 nos ilustra una forma fascinante del modelo a seguir de alguien con tal jerarquía, mismo ha quedado como un patrimonio al alcance de todos, ya que no solo nos dijo qué hacer y cómo hacerlo, también subrayó el ¿Por qué hacerlo?

Porque ejemplo les he dado, afirmó.

Cada uno puede tener una definición de servicio que podría ajustarse a su propia realidad, pero lo cierto es que si yo creo que ese Rey dejó un ejemplo a seguir y me considero súbdito de su reino, entonces también tengo una encomienda: imitar a ese Rey, vivir cada una de sus enseñanzas y pensar que al servir a otros, le estoy sirviendo a Él.   La interrogante es: ¿Cómo participar? o ¿Cómo servir? y en ese momento pasa por la mente un sentimiento, una emoción y el deseo de hacer algo; mismo que más tarde es silenciado y ahogado por las distracciones comunes de la vida, que si no tomamos cartas en el asunto, quedará como un caso archivado junto a muchas buenas intenciones que durante nuestra vida no han pasado de ser mas que eso, intenciones, buenas al fin pero sin seguimiento.

Actuar es lo más prioritario, dejar de ser espectadores y pasar al protagonismo de nuestras buenas intenciones convertidas en realidades.  Es probable que al leer esto, te sientas identificado con las buenas obras y hasta motivado tal vez, y quizá pienses que necesitaras mucho dinero para servir a aquellos que tienen una necesidad grande, y si en este momento no tienes disponible, pensarás que por ahora no puedes ayudar, pasarás esta página y la cerrarás, pensando que en otra ocasión tal vez ayudarás.

Aún tienes recursos más importante que el dinero: la voluntad, el tiempo y la energía, si te consideras un servidor del Gran Maestro, entonces algo vas a hacer: contarle esta idea a un familiar o amigo, separar algún recurso para impulsar el altruismo, donar alguna ayuda para alguien, ya sea material, física, monetaria etc.  En fin, esto depende de lo que tu crees acerca de ti mismo, por qué no, acaso eres un siervo de Dios, entonces empieza hoy a servir a los demás y lo comprobaras: más satisfacción tendrás al dar que al recibir, y empezarás a pensar como dije al principio: Hay en mí algo que tengo para dar.   Haz a los que están a tu alrededor con necesidad, justo como te gustaría que ellos actúen contigo cuando tienes una necesidad, brinda tu servicio de tal modo que cuando otros lo reciban puedan distinguir tu marca y reconozcan en tus actos la bondad del Rey a quien sirves.

La pregunta queda para reflexión personal: ¿Estamos sirviendo como se requiere?